LOS TIEMPOS DE ESPERA

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POR: Dr. Freddy Contín Ramírez
freddycontin@gmail.com

La vida cristiana es un camino hacia el encuentro final con el amado Salvador. En ese peregrinaje se van abriendo puertas delante y cerrándose detrás. Unas se abren pronto, otras tardan en abrirse y dan paso a lo que llamamos la espera en el Señor.

Esos tiempos, los de espera, son momentos de gran prueba para la fe y la paciencia que hereda las promesas. Son especialmente dramáticos, en los que tenemos un carácter impetuoso, impaciente y enérgico por naturaleza.

Son tiempos de depuración, de limpieza y renovación de los motivos que nos impulsan, para dar paso a la madurez de la fe y la estabilidad que trae la confianza real en Dios.Son tiempos de muerte y crucifixión del alma para dar lugar a la vida sólida del espíritu en el andar del siervo fiel. El Dios de todo consuelo, sabe cómo consolarnos en esos tiempos angustiosos, cuando estamos esperando para dar el siguiente paso en su voluntad. Su palabra trae a nosotros el bálsamo de la esperanza y el Espíritu Santo nos recuerda las otras veces cuando el Señor nos guió y nos abrió la senda por donde andar.

Aunque no nos quedamos detenidos en el pasado, sin embargo, somos consolados al saber que Dios ha estado con nosotros en otros momentos realmente difíciles y su gran poder nos abrió paso a través de los muros que se levantaban ante nosotros.Confiamos en que, El mismo que derribó los muros de Jericó, volverá a hacerlo llegado el momento.

Esa es la esperanza que nos trae descanso y paz a nuestra alma afligida y azotada frente a la incertidumbre de las circunstancias que tenemos delante. Su voz profética se levanta como un baluarte sólido desde el que podemos permanecer quietos, expectantes y confiados en su mano poderosa.

Esta experiencia la hemos vivido en muchas ocasiones a lo largo de nuestra vida cristiana. Son tiempos cuando aprendemos a clamar con el salmista: «Por qué te abates, alma mía, y te turbas dentro de mí. Pon tu confianza en Dios que aún le cantaré a mi Dios Salvador» (Salmo 42, 6). Como podemos ver, los personajes de la Biblia pasan por las mismas experiencias, las mismas incertidumbres y las mismas consolaciones que hoy vivimos.

El Espíritu Santo nos revela que todavía nos quedan nuevas puertas por delante que se abrirán en su momento. Por eso el sabio Salomón dijo que «la vida del justo es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto». No hay lugar para el establecimiento definitivo para los hijos de Abraham por la fe.

Somos extranjeros y peregrinos en esta tierra; vivimos en tiendas de campaña
hasta llegar a las moradas de la casa celestial que Jesús ha ido a preparar para nosotros. Jesús es la estrella de la mañana y tiene en su mano las llaves que abren y nadie puede cerrar y cierra y nadie puede abrir.

El discípulo del Señor no debe conformarse al esquema de vida de este mundo, sino transformarse por medio de la renovación del entendimiento para conocer la voluntad del Señor. La unión con Jesús nos lleva a la realidad más elevada de que «ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a si mismo por mí» (Gálatas 2,20).

Nuestras vidas nunca llegan a un lugar de seguridad definitiva porque vivimos en un mundo movible y cambiante. Dependemos siempre de Dios y su gracia, por ello no podemos dejar de clamar día y noche buscando el próximo paso a dar; aunque nuestras vidas estén aparentemente establecidas en parámetros fijos y definitivos, no es así, hay nuevas puertas que se abrirán en su momento y su voz sigue clamando en nuestro espíritu:

«He aquí yo voy a realizar una cosa nueva. ¿No la notan? Si, trazaré una ruta en las soledades y pondré praderas en el desierto».
(Isaías, 43,19).

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