«LES ANUNCIO UNA BUENA NOTICIA, UNA GRAN ALEGRÍA PARA TODO EL PUEBLO»

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Los evangelistas nos dicen de Jesús que la gente y sus discípulos se dirigían a él como Maestro; ya el mismo Jesús les dirá a los discípulos que no deben decirle maestro a nadie en la tierra porque un solo Maestro tienen ellos; refiriéndose a él, claro.

Jesús se nos presenta como el Maestro de maestros; diferente en su enseñanza y manera de trasmitirla. Nos dice que tenemos que aprender de él. Toda palabra y toda la vida de Jesús son para nosotros enseñanza: «Dichoso el que al escuchar mis palabras no se sienta defraudado de mí; porque mis palabras son palabras de vida eterna», y, «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón».

Aprender de Jesús, -del Maestro-, a ser manso y humilde de corazón. La mansedumbre es virtud que nos da el Espíritu Santo; no es defecto. La mansedumbre es fortaleza interior bajo control. Es fortaleza que nos ayuda a ser cercano a los demás y ayudar a los demás. Si nos preguntaran ¿debe el cristiano ser manso? La respuesta es SI. El creyente que es manso sabe ser fuerte ante los embates de la vida, ante las pruebas, ante las tentaciones; el creyente manso no se doblega ante la prueba ni ante la tentación. Jesús fue un hombre manso, de fortaleza incuestionable ante tantas pruebas y tentaciones que tuvo que enfrentar en su ministerio; pruebas y tentaciones que no sólo le llegaban desde fuera, sino también desde dentro, desde los mismos discípulos cada vez que lo incitaban a que se manifestara a los demás como rey poderoso para que ocupara el trono del palacio y así ellos también gozar de esa posición de realeza. Pero el Señor jamás quiso estar por encima de los demás de esa manera. La única ocasión en que estará por encima de los demás será cuando esté crucificado en la cruz y ahí sí atraerá a todos hacia él.

Pero también está la otra virtud de la humildad. Jesús mismo nos enseñará, tanto de palabra como en la vida, lo importante que es ser humilde; virtud ésta que también tenemos que pedirla a aquel que nos la puede dar, Dios. La humildad que también va unida a la sencillez. Una persona sencilla es aquella que no se complica la vida, ni su vida ni la de los demás. La persona humilde es la que está siempre abierta desde su interior a las grandezas de Dios; es la persona que conoce a Dios por medio de la revelación del Hijo; es el que está preparado para recibir todo cuanto Dios tiene que darnos para seguir avanzando en la vida hacia la casa del padre. Y es que estas virtudes tenemos que aprender a vivirla con sinceridad, desde lo más profundo de nuestro corazón, sin fingimiento; así encontraremos el descanso necesario para seguir la batalla de la vida, sin desmayar, sin mirar hacia atrás.

El evangelista san Juan nos dice bien claro que tanto amó Dios al mundo, que le envió a su Hijo único para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. Pero más adelante será el mismo Jesús que nos dirá o hará la invitación para que nos acerquemos a él o vayamos hacia él. Y es que, quién de nosotros no ha sentido en más de una ocasión el cansancio, la frustración, el peso de la vida. Cuántas veces hemos escuchado a gente decir que ya está cansada de la vida; que no le encuentra sentido a la misma; que son tantos los dolores y sufrimientos que no merece la pena seguir luchando ni viviendo, etc. Es precisamente el cansancio de la vida. Por eso el Señor Jesús nos invita a ir hacia él con todo nuestro cansancio y agobio acumulado no solo de la vida, sino el de todos los días. Nos dice que vayamos hacia él porque puede aliviarnos de todo ello. Fijémonos que dice que nos «aliviará», más no dice que no tendremos cargas. Las cargas siempre estarán, pero él nos ofrece alivio con el peso. Es la actitud del cirineo. Seguiremos en el camino con la carga, pero contaremos con su ayuda para seguir avanzando y no quedarnos estáticos, derrotados.

Hay mucha gente que dice y hasta afirma que no son dignos de acercarse a Dios; de estar en su camino. Pero es que el Señor, que nos conoce muy bien, no nos puso condición para acercarnos a él; él no dijo que para seguirlo o buscarlo teníamos que ser intachables, no cometer falta alguna, no cometer ningún error, ni nada parecido. Sin más, nos invitó a acercarnos a él, y nos llama hacia él: «vengan a mí». Tenemos que ir hacia él con lo que nosotros somos y tenemos: con nuestras limitaciones, defectos, errores. Pero también y sobre todo, con nuestras virtudes y cualidades; porque es que en él y con él tenemos garantizada nuestra victoria; porque su victoria es nuestra victoria: «yo he vencido al mundo, sus pompas, el pecado, la muerte…Y ustedes también los podrán vencer»; pero sólo si vamos hacia él, porque sin él nada podremos hacer.

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