COMO HERMANOS

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Por: Ezequiela Ortiz

El Señor, en su inmensa sabiduría, ha utilizado un lenguaje sencillo y humano para revelarnos las grandezas de su reino.

Me gusta tener la oportunidad de reflexionar de las enseñanzas de Jesús. Debo confesar que en un principio preguntaba por qué el Señor cuando comunicaba no decía las cosas más claras, más directas, cuestionaba el por qué de las parábolas, entendía yo que con un lenguaje o forma de expresarse diferente le hubiesen entendido mejor quienes le escuchaban. No podía estar más lejos yo de cómo actúa el Señor frente a nuestros conocimientos y experiencias humanas. El lenguaje de Jesús fue y es universal, para todos los tiempos y por todos los tiempos, y esto solo he logrado comprénderlo viviendo cada día y reflexionando en cada experiencia y nuevo conocimiento bajo la luz del Evangelio.

De ahí, este escrito, «Como hermanos», como hermanos en Cristo Jesús. Fruto de reflexionar de Lucas 15, 11-32 donde se nos comunica la parábola del hijo pródigo o parábola del buen padre. No me detendré a relatarla, quiero permitirme imaginar el desarrollo después de ese regreso del hijo pequeño arrepentido, de ese recibimiento festivo donde se lavó toda suciedad y se revistió de nueva piel colocándole un anillo en el dedo, que representa una nueva unión con el Padre; de ese reclamo del hermano mayor y de esa respuesta del Padre que nos invita a celebrar el regreso del hermano que estaba perdido.

Imaginar que ese hijo, nueva criatura, recibió el abrazo fraterno también del hermano. Ambos se miraban y reían, porque ambos en diferentes circunstancias realmente conocieron a su Padre, ese que siempre estuvo con ellos, pero que cada uno por sus estructuras mentales y desde sus experiencias no habían tenido la cercanía real que siempre el Padre les brindaba. Estos hermanos comieron y compartieron la mesa y miraban al alrededor a los servidores felices por la felicidad del Padre, ciertamente veían algunos que evidentemente no comprendían pero que se admiraban y participaban del festín.

Al día siguiente, el hermano mayor recibió con gran sorpresa que su hermano estaba alistado para acompañarle en las labores, – desde ahora hermano aprenderé el trabajo que con tanta dedicación realizas en la viña de nuestro Padre, haré todo lo me digas, tendré que preguntar mucho para poder llegar hacer el trabajo como tu. Ambos se abrazaron, internamente el hermano mayor quiso reclamar al hermano menor el porque nunca antes se había interesado en aprender, sintió el deseo de reprocharle, pero en ese momento levantó la mirada y vio que su Padres les observaba con una alegría que destellaba en sus ojos como luces de faroles que iluminaban todo el alrededor, y en ese instante recordó esas palabras: estaba perdido y ha regresado, entonces sonrió y tomo su hermano por el cuello abrazándole y jugueteando como jugueteaban de niños.

Esos días fueron de buena cosecha, todos en la viña celebraban y compartían la alegría de los hermanos que desde esa tarde de fiesta fueron uno con el Padre.

Permitirme imaginarme el desarrollo de esta historia me llena de gran alegría porque, sin temor a equivocarme es lo que Dios quiere que nosotros como hermanos, seamos hoy uno, que compartamos nuestras alegrías, que aprendamos uno de los otros, que seamos coherentes con nuestra nueva vida, para juntos como la primera comunidad cristiana que nos relata el mismo Lucas en Hechos de los Apóstoles (Hechos 2, 42-47) ser testimonio del amor de Dios, que les hacía ganar la consideración en el pueblo y permitía Señor ir sumando aquellos que buscaban la salvación.

Ser sal en comunidad, compartir el gozo de vivir la voluntad de Dios, vivir como hermanos.

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