TU MATRIMONIO Y TU FAMILIA ES EL TESORO MÁS VALIOSO QUE DIOS TE HA DADO.

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Por: Cesar Curiel – CC483

Hace un tiempo leí una historia que me impresionó. Es una historia que ilustra el libro
«Matrimonio a prueba de divorcio». Me motivó a mirar mi futuro, como esposo y padre de familia, con entusiasmo y alegría, y con la certeza de seguir construyendo ese sueño que hace treinta y siete años tramamos Fanny y yo. Aquí la historia.

«Mientras esperaba a un amigo que llegaba al aeropuerto de Portland, Oregón, tuve una de esas experiencias que cambian vidas de las que oyes hablar, esas que se te acercan a hurtadillas y sin esperarlas. Ocurrió apenas a medio metro de donde me encontraba.

Esforzándome por localizar a mi amigo que salía del sector de desembarco, vi que un hombre venía hacia mí. Se detuvo justo a mi lado para saludar a su familia. En primer lugar, se dirigió a su hijo más pequeño, de unos seis años, mientras dejaba las maletas en el piso. Se dieron un abrazo muy prolongado. Cuando se separaron lo su ciente como para mirarse a la cara, escuché que el padre decía: «Cuánto me alegro de verte, hijo, ¡te extrañé mucho!». Su hijo sonrió con un poco de timidez, desvió la mirada y contestó con suavidad: «¡Yo también, papá!».

Luego el hombre se levantó, miró al hijo mayor, de unos nueve años, a los ojos y mientras tomaba su rostro entre las manos, le dijo: «Ya eres todo un hombrecito. ¡Te amo mucho, Zach!». Ellos también se dieron un abrazo muy amoroso y tierno.
Mientras sucedía esto, una pequeña de unos dos años se retorcía en los brazos de su madre, sin apartar los ojos ni por un momento de su padre. Entonces el hombre dijo: «¡Hola, mi bebita!», mientras la tomaba con suavidad de brazos de su madre. Le dio besos por toda la cara y luego la apretó contra su pecho mientras la hamacaba de un lado al otro. La niña se relajó de inmediato y solo recostó su cabeza sobre el hombro de su papá, inmóvil y plenamente feliz.

Después de algunos instantes, le entregó la niña a su hijo mayor y declaró: «Me reservé lo mejor para lo último», y procedió a darle a su esposa el beso más largo y apasionado que jamás viera. La miró a los ojos durante varios segundos y luego gesticuló con la boca: «¡Te amo muchísimo!». Se miraron a los ojos y desplegaron grandes sonrisas refulgentes, mientras seguían tomados de las manos. Por un instante, me recordaron a los recién casados, pero por la edad de sus hijos, sabía que no podía serlo.

Me quedé un poco confundido y luego me di cuenta de cuánto disfrutaba de esta muestra de amor que se desarrollaba a menos de medio metro de distancia de donde yo estaba. De repente, me sentí incómodo, como si estuviera invadiendo algo sagrado. Me asombré al escuchar que mi propia voz preguntaba:

__ ¡Vaya! ¿Cuánto hace que están casados?
__Hace catorce años que nos conocemos y doce que estamos casados.
__respondió el hombre sin quitarle los ojos de encima al rostro de su mujer.
__Bueno, entonces, ¿cuánto hace que no se ven? __pregunté. Por n el hombre se dio vuelta y me miró, todavía con su sonrisa resplandeciente.
__ ¡Dos días enteros!
__ ¿Dos días? __ dije pasmado__. A juzgar por la intensidad del saludo hubiera asegurado que hacía por lo menos por varias semanas, si no meses que no se veían.

Con la esperanza de terminar con mi intromisión, dije:
__Espero que mi matrimonio siga siendo tan apasionado luego de doce años. De repente, el hombre dejó de sonreír. Me miró directo a los ojos con una fuerza que me hizo arder el alma. Luego me dijo algo que me hizo una persona diferente. Solo dijo: __No esperes, amigo. ¡Decide! __solo dijo.

Recuperó su maravillosa sonrisa, meneó la cabeza y dijo:
__ ¡Dios te bendiga!

Dicho esto, él y su familia se dieron vuelta y juntos salieron caminando. Todavía me encontraba observando a este hombre excepcional y a su familia mientras se alejaban cuando mi amigo vino y me preguntó: «¿Qué miras?». Sin vacilar y con una curiosa sensación de seguridad, respondí: «¡Mi futuro!».

Esta conmovedora historia ilustra, mejor que nada, la relación profunda entre matrimonio y familia. Ese sueño que nos ilusionó al construir nuestros matrimonios y nuestras familias es solo realizable por el maravilloso plan de Dios: una FAMILIA unida en el amor y la entrega. Y para siempre.

Cada hombre o mujer, es responsable, de una manera u otra, de la sociedad en que vive y, por tanto, de la institución familiar como fundamento de sus aspiraciones. Los casados deben responder de que la familia que ha formado sea según el designio de Dios. ¡Y decidirlo ahora! ¡Por el futuro!

Miremos nuestro futuro con esperanza, empecemos con la tarea de construir un matrimonio y una familia en y con la gracia de Dios. Como el tesoro que Dios nos ha dado. ¡Hagámoslo ya!

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