Tesoro escondido

Screen-Shot-2015-11-23-at-9.18.06-AM.png
Comparte estas informaciones:

Carlos A. Ortega

Los seres humanos experimentamos una experiencia personal con Cristo, cuando podemos ungirnos del Espíritu Santo de una manera que se transforma el alma en una alegría de ánimo interior a nivel extremo, y nos olvidamos de todas las ataduras terrenales, queriendo conservar ese gozo como un tesoro escondido.

El evangelio nos permite ver cómo debemos despojarnos de todo aquello que materialmente nos ata en este mundo, con tal de mantener para nosotros la esperanza y el sentimiento de complacencia de participar algún día del reino de los Cielos. Invitación que está abierta sin distinción a pobres y ricos, de corazón y posesiones.

Las posesiones materiales como son externas al hombre le traen cierto grado de felicidad; sin embargo, cuando depositamos nuestra fe en Dios reflejada en la caridad por nuestros hermanos esta fuerza se transforma en una acción del Espíritu Santo que desborda en alegría nuestro interior, al procurar y hacer el bien.

Quienes hemos tenido la dicha de haber participado de la experiencia del cursillo de cristiandad hemos observado y experimentado de manera constante al momento del cierre de cada cursillo, cómo los rostros de nuestros hermanos se muestran con una disposición a dejarlo todo al salir de su cursillo, muy parecidos al jornalero y el comerciante de la parábola, con tal de adquirir esa relación permanente e íntima con Dios; sin importar lo que piensen los demás, manteniendo cada uno un estado de frenesí, el cual podemos conservarlo hasta la perpetuidad, muy en especial a través de los sacramentos y la oración, en una vida centrada para, por y con Cristo.

Una experiencia personal con Jesús trae consigo necesariamente un compromiso a motivar a los demás a que atraídos por la fuerza del Espíritu, y de nuestro testimonio, compartan una experiencia sin igual; puesto que, Cristo cuenta con nosotros, y nosotros a su vez con su gracia para transformar al hombre de este mundo y gozar de la salvación eterna. Despojémonos, pues, de las situaciones terrenales para que el fuego interior no se marchite. Transitando por el camino de la esperanza, que nos invita a renovarnos constantemente, ya que la conversión no es un estado temporal único de la persona humana, valiendo cuanto sacrificio sea necesario con tal de poseer el tesoro de la vida eterna, una vez seamos de los escogidos por sus ángeles al final de nuestros tiempos.

Comparte estas informaciones:

Comparte

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Top