LA PALABRA PADRE

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Por:
Jeannette Miller
jeannettemiller.r@gmail.com
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La mayoría de las veces que invocamos a Dios lo llamamos Padre con la absoluta convicción de que nos escucha y que concederá lo que le pedimos, siempre y cuando Él,en su infinita sabiduría, sepa que nos conviene.

La seguridad del poder de la palabra Padre nos la da Jesús cuando sus discípulos le piden que los enseñe a orar y Él responde: «Ustedes, pues, oren de esta manera:

‘Padre nuestro que estás en los cielos, Santificado sea Tu nombre. Venga Tu reino. Hágase Tu voluntad, Así en la tierra como en el cielo. Danos hoy el pan nuestro de cada día. ‘Y perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros hemos perdonado a los que nos ofenden. ‘Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del mal. Porque Tuyo es el reino y el poder y la gloria para siempre. Amén.’ «(Mateo 6, 9-13. Nueva Biblia Latinoamericana).

Si analizamos el sentido de las siete peticiones que incluyeel «Padre nuestro», nos damos cuenta de que no hace falta nada más, que en esa oración está todo lo que necesitamos.

En otras ocasiones, nos dirigimos al Padre para confiarle lo que no nos atrevemos a decir a nadie, seguros de su comprensión y de su infinita misericordia. Sin embargo, en el día a día la realidad es otra.

Según ha caminado la historia, la palabra padre se ha convertido en un término conectado con autoritarismo, abuso, irresponsabilidad, abandono, violencia, incluso violación… Y no creamos que sólo sucede en nuestro país, sino que se ha convertido en una conducta global, o como dicen muchos: «Eso siempre ha existido, lo que pasa es que ahora se dice».

Por otro lado está la madre sufrida, también abusada, subyugada, que aguanta por sus hijos. Esa mujer que no puede ni quejarse a riesgo de convertirse en víctima de muerte.

Muchas personas sienten rencor y animadversión ante la imagen que les recuerda la palabra padre. Sin embargo, si queremos ser justos, debemos reconocer que no todos los padres son así, ni todas las madres tampoco. Partir «a priori» de la satanización del hombre y la santificación de la mujer puede llevarnos a juicios no siempre justos. Igual sucedería con lo contrario.

Los cristianos tenemos la mejor medicina contra ese resentimiento que puede afectar nuestra existencia por siempre. El remedio es: «… perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros hemos perdonado a los que nos ofenden…» Para que te perdonen tienes que perdonar.Son dos realidades inseparables que dependen de ti y deDios. Y qué difícil es perdonar a los progenitores; de ellos venimos a nivel físico, son lazos que nunca se pueden destruir. Pero el día que al fin perdones vas a experimentar una libertad nunca conocida que te acercará a la luz divina, a la esencia de todo, que es el amor.

Y entonces conocerás la verdadera naturaleza de la palabra Padre: amor, perdón, comprensión, justicia, misericordia… La presencia infinita y constante de Dios, su espera permanente por ti para protegerte y festejarte… Así nos enseñó Jesús, su Hijo amado.

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