¿Es La fe cristiana la verdadera?

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Escrito por  Monseñor Jaques Perrier.

Si la fe cristiana es la verdadera, ¿las demás religiones son falsas? ¿Todas las religiones valen? ¿Con qué criterios debe escogerse una religión?

Si el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, es normal que lo busque “como a tientas”. Al escoger al pueblo de Israel, Dios se revela, progresivamente, tal y como es. En Jesucristo, Él se da, porque “Dios es amor”. Pero el fin sólo le da más valor a la evolución.
1. La primera pregunta es una trampa. Si respondes “sí, las demás religiones son falsas”, eres un sectario; si respondes “no” a la primera pregunta, eres sospechoso de haber respondido por adelantado “sí” a la segunda: “todas las religiones valen”. Entonces, ¿por qué ser cristiano?

Esta pregunta fue una de las más debatidas en el Concilio Vaticano II y la polémica respecto a ella no está zanjada. Fue objeto de un texto corto, pero de referencia: la Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, titulada en latín Nostra aetate (NA).

Trata de la relación con las religiones no cristianas que da lugar al diálogo interreligioso, y no de la relación con las diversas confesiones cristianas que se ejerce en el diálogo ecuménico.

Hay que rechazar las dos respuestas extremas. Si las demás religiones son totalmente falsas, hay un peligro de intolerancia, e incluso de violencia: por desgracia, la actualidad muestra que este peligro no es ilusorio. Si todas las religiones son iguales, es el triunfo de un relativismo sin relieve ni color. Hay que perder toda la esperanza de la verdad: ¿es esto digno del hombre?

2. En un ámbito tan importante no hay que caer en el esquematismo de los juegos televisivos: según respondas “verdadero” o “falso”, ganas o estás eliminado.

Hay que desconfiar de las falsas evidencias. En lo que respecta a la verdad, en algunos casos, es posible responder con un “sí” o un “no” bien tajante. “Que vuestro sí sea sí, que vuestro no sea no”, dice Jesús. Sí, dirá el cristiano, Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, resucitado el día de Pascua. No, Buda y Mahoma no pueden ponerse al mismo nivel que Jesús.

Pero esto no es razón para despreciar al budista que busca liberarse de lo que nos sobrecarga o al musulmán cuando afirma la unicidad de Dios. Incluso en las ciencias llamadas exactas, se puede admitir que las verdades son parciales. Con más razón en las “ciencias” humanas.

Una fotografía puede ser más o menos nítida. Una emisora de radio puede tener más o menos interferencias.

El Concilio Vaticano II declara: “La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres” (NA 2).

3. Siguiendo a los Padres de la Iglesia, el Concilio Vaticano II reconoció en las “religiones” una “preparación evangélica”, aunque a causa del pecado, la perversión siempre sea posible.

Dios es el Creador del universo, pero más especialmente de toda la humanidad. El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, dice el libro del Génesis en sus primeros capítulos, que se refieren a toda la humanidad y no sólo al pueblo de Israel.

A pesar del pecado, un rastro de Él permanece en cada hombre, y le hace deseoso de encontrar la Verdad y de hacer el Bien. “Compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca” (Plegaria eucarística nº 4).

Esta búsqueda no está exenta de error. Puede llevar a resultados perversos: matar en nombre de Dios. El Antiguo Testamento reacciona contra ello. Puede tornarse en idolatría, es decir, a tomar por dioses a simples criaturas o a imaginar a los dioses como humanos más grandes, incluso con nuestros vicios: ese era el mundo pagano en el que el Evangelio empezó a ser predicado.

 La búsqueda de Dios puede también quedarse en el umbral de la puerta, remitiendo lo divino a lo desconocido o a lo impersonal, “lo divino”. En Atenas, Pablo felicitó a los griegos por haber elevado un altar “al dios desconocido”. Manifiestamente, él veía ahí una “preparación evangélica”. Por desgracia, cuando empezó a anunciar lo que el Evangelio tiene de original, su audiencia se rió de él. Las preparaciones no siempre dan un resultado.

4. “Tú, el único Dios verdadero”, dice Jesucristo dirigiéndose al Padre. Dios es fiable. Me puedo apoyar en Él. Es Creador y Salvador. De todos.

Nosotros sólo conocemos a alguien si se manifiesta, se da a conocer. Un objeto se deja observar pasivamente. Para que una persona sea conocida, hace falta que tome la iniciativa. En lenguaje cristiano: que “se revele”. Si eso ya es verdad entre los humanos, con mayor razón si se trata de Dios.

A la búsqueda del hombre responde la revelación de Dios. Dios se revela de una manera personal escogiendo a un pequeño pueblo, Israel, dándole una ley, acompañándolo en su caótica historia. Dios le promete un Mesías, un Salvador, para él, pero no sólo para él. Desde Abraham, durante dos mil años, Dios ha hecho sus pruebas. Es fiel. Es fiable. Se puede contar con Él. Dice lo que hace y hace lo que dice. Él es verdad.

El acto de fe es decir a Dios: Tú eres el Creador, Fuente y Final de toda existencia humana y de todo el universo. No es un dios particular. Es el Infinito. Todos tienen lugar en su Reino.

5. Cada uno es responsable, en conciencia, de buscar la verdad. Esta verdad existe. No es inalcanzable. Pero lo que hablará a unos, les hablará menos, o nada, a otros.

La doctrina católica enseña que a los hombres no les es imposible afirmar la existencia de Dios como Único y de la persona humana como eterna en su alma. Muchos filósofos griegos lo hicieron y por eso la Iglesia los tiene en alta estima.

Pero la fe cristiana no es sólo una afirmación filosófica; es el reconocimiento de Dios en Jesucristo; este reconocimiento no es automático. Tiene algo de gratuita pues Dios se revela como Amor. Pide una conversión pues el Evangelio apela a amar incluso a los enemigos.

Aunque sobrepasa todo razonamiento, la fe cristiana no carece de indicios. Pero los indicios no serán los mismos para todos: experiencia espiritual personal como san Pablo (sin el caballo); descubrimiento de Jesús por la lectura del Evangelio (“ningún hombre ha hablado como este hombre”); testimonio de santos de ayer o de cristianos de hoy; fecundidad cultural y social del cristianismo, etcétera.

Ya que la cuestión planteada era la de la multiplicidad de las religiones, el cristianismo manifiesta su verdad en la medida en la que acoge a todas las culturas, con su dimensión religiosa, haciéndolas sacar lo mejor de sí mismas.

“Libera de contactos malignos todo cuanto de verdad y de gracia se hallaba entre las gentes como presencia velada de Dios y lo restituye a su Autor, Cristo, que derroca el imperio del diablo y aparta la multiforme malicia de los pecadores. Así, pues, todo lo bueno que se halla sembrado en el corazón y en la mente de los hombres, en los propios ritos y en las culturas de los pueblos, no solamente no perece, sino que es purificado, elevado y consumado para gloria de Dios, confusión del demonio y felicidad del hombre”  (Vaticano II La actividad misionera de la Iglesia, n° 9)

Referencias:
Nostra Aetate:http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_decl_19651028_nostra-aetate_sp.html
Decreto Ad gentes sobre la actividad misionera de la Iglesia:http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_decree_19651207_ad-gentes_sp.html

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