La vida verdadera

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Carlos Ortega Cordero

“Yo soy la vid, ustedes los sarmientos: quien permanece en mí y yo en él dará mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada.” Juan 15, 5.

Expresa el Evangelio, que como hombres somos los sarmientos de la vid en el Señor siempre que actuemos en gracia; estamos pues, llamados a sembrar con nuestras acciones ese terreno de amor hacia los demás, con especial esmero y dedicación, apoyados en Cristo Jesús. Accionar con nuestras buenas obras nos permitirá extraer el sustento básico de permanecer y ganar una vida plena. Jesucristo entregó la vida por el servicio, y es ejemplo y guía para nosotros en el obrar.

La buena cosecha la recibiremos cuando nos llegue el momento de mudarnos de este tránsito en que vivimos; en ese transe, nos poda para enriquecer nuestra vida a través de las pruebas, por lo tanto, no debemos desvanecernos frente a las dificultades.

De mi formación Lasallista obtuve una visión en asumir una postura frente al necesitado, y reconocer estar ante la presencia de Jesucristo; de mi renovación como cristiano adulto a través del Cursillo de Cristiandad he reconocido y practicado que solo puedo demostrar mi verdadero amor a través de mis hermanos con la acción. Como iglesia formamos parte de las manos y los pies del cuerpo místico de Cristo. Pena de pensar lograrlo por nuestra cuenta, pues hacerlo sería una ofensa, ya que si abandonamos el cuerpo no podremos logar nada.

A través de nuestro cursillo, el método nos presenta la necesidad de la acción como una potencia de ejercer en nuestros hermanos la poderosa fuerza del amor que Cristo nos ha derramado.

Asumido el compromiso, trato en la medida de lo posible de no ser negativo, reconozco que quienes acuden a mí lo hacen porque consideran que pueden contar conmigo, como Cristo cuenta conmigo en este mundo. De todo esto, unas palabras de advertencia; la acción puede traer adicción en el servicio, a veces viene acompañada con sus gotas de dolor, y casi siempre cuando se entrega el alma por ella, permite que desciendan lágrimas de completa satisfacción por el deber cumplido.

Todos estamos llamados a la acción. Dar frutos nos permitirá acercarnos y mantenernos en Jesucristo. Si actuamos confiados en Dios podremos mejorar el mundo en que vivimos. No dejemos de manifestar nuestro amor por Cristo.

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