Y siendo Dios, se quedó con nosotros por amor

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Publicado: Martes, 03 Junio 2014; Escrito por  .

Mercedes Pérez

Para crecer contigo, quiero que reflexiones conmigo sobre Jesús, ese amor incondicional viviente, que por ser amigo y pura misericordia, se nos olvida que es Dios y que se ha quedado con nosotros.

Por eso, Jesús, hoy quiero hablar contigo, meditando con mi hermano y hermana. ¿Sabes? Antes de llegar a tu sagrario, te veo como estuviste en la cruz por mí; sin ropa alguna, ¡desnudo!… sufriendo esa vergüenza por mí, con los brazos abiertos de par en par hasta más no poder, como quien me llama a su encuentro… y me digo: «Porque tengo el mejor maestro (en amar), sigo creyendo en el verdadero amor».

Te miro, veo tanta entrega… entonces tomo fuerzas, me levantas y ando. Participo en la celebración eucarística. Voy a ti y llegas a mí en la hostia consagrada, en ese pedacito de pan… y te partes y te compartes, por amor… Y sigo caminando despacito en mi parroquia, llego al lugar santo y te veo en el sagrario… y pienso en tu amor y me regocijo en tu presencia, me llenas de paz y me das tu calma. Y tengo la certeza de que eres ¡el Dios vivo! Mi salvador, quien todo lo puede. Y entonces vuelvo y me digo: ¿Realmente creemos y reconocemos que eres el rey de reyes y señor de señores, para quien nada es imposible? Y sigo preguntándome: ¿Por qué estás tanto tiempo solo? ¿Por qué tan pocos te visitan? ¿Será que san Francisco de Asís tenía razón cuando dijo «El Amor no es amado»? Y pienso (por mí y por muchos hermanos y hermanas): ¿Por qué es tan grande la soledad del sagrario? ¿Por qué, si decimos que creemos en ti, que nadie que ha confiado en ti ha quedado defraudado, que por encima de todo eres fiel y tus promesas se cumplen, aún así permaneces solo y a veces a oscuras, tú, que eres la luz? ¿Por qué «no tenemos tiempo» para estar con el Dios todopoderoso y eterno? ¿Por qué, si vamos a tu presencia, sólo hablamos y hablamos, pedimos y nos quejamos y no te escuchamos? ¿Será porque no sabemos escuchar? ¿Será que sólo sabemos decir lo que queremos, cuando lo queremos y como lo queremos?

¿Será que le tenemos miedo al silencio? ¿Será que tememos lo que nos puede decir el que más nos ama? ¿Miedo a estar con nosotros mismos? ¿Será que tenemos miedo de saber quiénes somos y cómo somos, porque eso implica, reconocimiento, cambio y renuncia? ¿Será que tenemos temor, porque la renuncia duele y la integridad y el testimonio comprometen? ¿Será que tememos lo que nos pueda pedir, porque implica salir de nosotros mismos? ¿Y que no solo temo dar, sino darme? O peor aún ¿Será que cuando oramos nuestras palabras tienen cierta «vaciedad» o no son tan sentidas? ¿Será que más bien son palabras aprendidas, frases conocidas y que «están de moda en el argot cristiano», entre aquellos que «andan en los caminos del Señor», pero no «con el Señor de los caminos»? ¿Será que por eso prefiero ir «detrás de los milagros del Señor», con aquél predicador/a, aquél sacerdote, aquél o aquella hermana y no quedarme -a solas con «el señor de los milagros»?

¿Será que prefiero que oren por mí y no me atrevo a orar contigo, a alabarte,bendecirte y darte gracias? ¿O a postrarme en tu presencia como me dices en tu palabra? «Tú, en cambio,cuando vayas a orar, entra en tu cuarto,cierra la puerta y ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que velo secreto, te recompensará» (Mateo 6, 6).

Por esto, a solas contigo y a solas conmigo, hoy me postro en tu presencia, reconozco que eres mi mayor milagro. Nadie ha muerto por mí, ¡solo tú, Jesús! Nadie ha entregado toda su sangre y hasta el agua que quedaba en su ser, sólo por amor a mí.

Nadie se avergonzó, totalmente desnudo, clavado en cruz, a la vista de todos, con dolor y vergüenza, sólo por amor a mí. Y resucitó por mí y se quedó para estar conmigo hasta el fin de los tiempos, en ese pedacito de pan.

Señor, quiero conocerte y reconocerte, tener experiencia de amor contigo. Quiero amarte en espíritu y en verdad.

Creerte a ti, esperar en ti, confiar en ti y vivir por ti y para ti. Dile conmigo a Jesús en este momento: «Te amo. Perdóname. Te entrego mi corazón y mi voluntad para renovarme en ti, porque quiero ser una mujer/un hombre nuevo. Te reconozco como mi único Dios y Salvador, que estás vivo y presente en el Santísimo Sacramento del Altar, que nada temo contigo, porque si estás conmigo, ¿quién puede estar contra mí? Porque tu cayado y tu vara me sostienen y porque me has dicho que ¡todo lo puedo en ti, Cristo amado, que me fortaleces! Por eso alabo y bendigo tu nombre, hoy y todos los días de mi vida». ¡Amén!

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