“OBRAS SON AMORES”

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AÑO DE LA MISERICORDIA (IX)

Por: +MONS. AMANCIO ESCAPA, OCD
Obispo Auxiliar de Santo Domingo
Asesor del MCC

La frase que muchas veces hemos escuchado y que da motivo a este enunciado, se completa de esta manera: «Obras son amores y no buenas razones».

De buenas razones estamos saturados. Hablamos mucho y hacemos poco. Y como hemos oído en ocasiones «las palabras se las lleva el viento, los ejemplos arrastran».

Al estar inmersos durante el año en el tema de la misericordia, tiene buena aplicación el que no valen mucho las buenas palabras si éstas no van seguidas de la puesta por obra aquello de los que decimos y expresamos con buenas palabras. El Papa, el primero de todos, ha sido coherente en su comportamiento: Habla y pone por obra aquello de lo que habla y explica.

Reconoce por una parte el hecho de ser misericordiados, haber experimentado la misericordia, para ser después misericordiosos. Santiago, el Apóstol, hablando de la fe dice: «La fe sin obras no es fe verdadera». La fe requiere obras. «Por las obras yo te mostraré mi fe».

«Mi Padre siempre está trabajando», nos dice Jesús en su mensaje salvador. ¿Por qué? Porque Dios es amor y el amor es difusivo, se expande como las olas del mar y abarca toda la arena de nuestras miserias, cubriéndolas de ternura y misericordia.

El cristiano ha de imitar a Dios que es Padre Creador. Trabajador eterno que inició la creación de todas las cosas en el cielo y en la tierra y cuida de ellas. Por eso la a rmación: Mi Padre siempre está trabajando.

Constantemente «vive». Dios no es Dios de muertos, es Dios de vivos. Y nos invita a la vida, al trabajo, a hacer el bien venciendo el mal mediante las obras fruto del amor. Y la Iglesia, obra de Dios en el mundo, nos pide obras. Habla de misericordia y no se queda en las palabras. Nos ofrece el camino para que la palabra se haga carne. Este es el objetivo de las obras de misericordia que la Iglesia nos propone para acicatarnos a no mantenernos con los brazos cruzados, sin saber qué hacer, aunque nuestras palabras hayan señalado caminos a recorrer.

Hay que «recorrer esos caminos», es decir, hay que aterrizar en los actos concretos, signos expresivos y visibles que arrastren a los demás a vivir la fe que dicen profesar, y que muchas veces se muere, la fe, por falta de gestos.

El camino señalado por la Iglesia y que debe avivar nuestra fe, se concretiza en las obras de misericordia que abarcan a todo hombre en la carne y en el espíritu. Obras de misericordia corporales (es bueno recordarlas):Visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, acoger al forastero, vestir al desnudo, visitar encarcelados, enterrar a los muertos. Obras de misericordia espirituales (también hay que recordarlas): Enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que yerra, perdonar al que nos ofende, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo. Esta enumeración nos abre caminos concretos a recorrer.

Llamados por Dios, siempre es Dios quien llama, se nos invita a vivir estas realidades como enviados por el mismo Dios, Dios es quien elige el destino, con actos concretos y específicos, como manera de no quedarnos solo en el anuncio de la palabra, sino en la puesta en marcha la práctica de lo que se predica.

«Obras son amores y no buenas razones». Las buenas razones las exponemos en el anuncio. Las obras son el re ejo de nuestras vivencias aplicadas a lo concreto en relación con los demás. Porque hay muchos que como el levita y el sacerdote de la parábola, dan una vuelta, un rodeo y pasan de largo ante el caído.

El Papa nos invita a vivir bajo el dinamismo de la misericordia. Una misericordia no de sentimiento «estéril» la llama San Agustín, sino misericordia «fecunda», dice el mismo santo, que nos acerca al prójimo para ayudarle a salvar el impase de «la miseria» y devolverle a la dignidad de ser humano como hijo de Dios.

El camino está señalado. Recorrerle, sin pasar de largo ante las calamidades del prójimo, es nuestra tarea como cristianos y auténticos imitadores de Dios Padre misericordioso.

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