¿QUÉ ES EL AMOR?

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Por: Jeannette Miller
jeannettemiller.r@gmail.com
CC 642

Cuando pensamos en el amor, casi siempre nos surge la imagen de la madre, del padre,
de la familia… y en ese mismo sentido, si estamos casados, la presencia de nuestros hijos, del esposo, de los amigos cercanos, etc. También existe el «enamoramiento», pero este tipo de afecto reviste otras connotaciones. Si observamos nuestra actitud, vemos que a nuestra mente viene todo lo que ellos nos han dado. Si han sido buenos con nosotros, si han llenado su responsabilidad de un comportamiento siempre presente, si nos han ayudado y orientado en los momentos difíciles que hemos atravesado, si han sido solidarios e incondicionales…

Y que no se haga presente algún recuerdo desagradable, alguna escena que hemos guardado en nuestro corazón como insatisfactoria y de la cual culpamos a los otros, especialmente a los padres. Esos recuerdos desagradables que van desde la ausencia de nuestros progenitores o la indiferencia, hasta una corrección excesiva -como una pela o una bofetada-, amargan nuestras vidas sin que nos demos cuenta, y se convierten en una ponzoña cada vez más venenosa que nos «autoriza» a juzgar a nuestros padres y lo que es peor, a guardarles rencor.

Pero ¿cómo hemos sido nosotros con ellos?
El otro día vi en televisión el caso de una muchacha que salió embarazada a los diecisiete años, tuvo su hija, trabajaba dos tandas para poder mantenerla y ahora, con treinta y cuatro años y la hija con diecisiete, ésta le echaba en cara que por estar trabajando tanto no había tenido tiempo para conversar con ella, para comunicarse y atenderla. Y aunque esa es una razón válida, la presencia es más importante que el dinero, la manera en que la hija enfrentaba a la madre era completamente injusta y chantajista. Lo primero era que la señora trabajaba en una cafetería pues no había tenido oportunidad de estudiar y la hija era una alumna brillante que terminaba el bachillerato e iría a la universidad a estudiar medicina con el dinero que le proporcionaba la madre. La muchacha parecía una era. Se tragaba a la madre, la confundía con análisis sicológicos que la señora no entendía. Todos se dieron cuenta de que la hija la manipulaba culpabilizándola al extremo. Su deseo era que la madre hiciera, exactamente, todo lo que ella quería.

¿Quería la madre a la hija? Desde luego, aunque su forma de amar priorizara el abastecimiento de lo externo.

¿Quería la hija a la madre? Lo dudo, y si la quería era un amor enfermizo y destructor.

Lo primero que ahí faltaba era diálogo. Probablemente un diálogo monitoreado por un especialista que pudiera explicarle a la señora, a su nivel de entendimiento, muchas de las actitudes de su hija.

¿Y el amor? Ese sentimiento de solidaridad con el otro, de entendimiento de su situación, de consejo positivo, de tratar de ponernos en su lugar para poder comprender lo que sucede.

De la única manera que podemos encontrarnos con el amor es siguiendo el ejemplo de Jesús. En numerosas ocasiones Jesús realizó milagros porque le daba pena ver a los necesitados; esa pena es misericordia y misericordia es amor. Si en los peores momentos de rencor, de «ajuste de cuentas con el pasado» asoma en nosotros un sentimiento de pena por el otro, estemos seguros de que se nos abrió la puerta para el perdón. Y un sentimiento de liberación, paz y solidaridad transformará nuestra mente y nuestro corazón permitiéndonos conocer el verdadero amor.

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