LA CIUDAD ME HABLA

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Por:
Freddy Ginebra

Santo Domingo seguirá siendo mi ciudad querida. No importa los aires de urbe que pretenda cuando la camino, siento que la mía, la de siempre, me acompaña y me susurra al oído.

No puedo evitarlo, no sé si a ustedes les pasa. Atravieso una esquina y escucho las voces de algunas conversaciones que sucedieron precisamente cuando apenas había carros y se respiraba sin tanta contaminación. Aquí vendían frío-fríos y el de frambuesa era mi favorito. Escucho al vendedor ambulante vendiendo alegrías, aquella melcocha con sabor a melao que tanto me gustaba. Cuando camino por la calle El Conde imposible no escucharla voz de Ángel, mi amigo de infancia, invitándome a jugar en su patio.

–Haremos una obra hoy –me dice.

–¿Y cuál?

–En una donde pueda morir en escena, la tengo ensayada –a mi amigole gustaba tanto morir en escena y lohacía bien.

El antiguo Santomé, ya desaparecido, donde las tandas corridas nospermitían ver ininterrumpidamente a Alí Babá y los cuarenta ladrones hasta el cansancio. Aunque no sabía inglés repetía cual loro los diálogos.

En la esquina Sánchez, donde nací, muchas veces escucho el chirrido delcarro que casi me atropella siendoniño. Me veo en el suelo y a Renelia, miniñera, desmayada del susto y escucho los gritos de los demás peatonesgritando «está vivo, está vivo, no leha pasado nada».

En la calle Santiago vi a mi primer muerto a la caída de Trujillo. Pensé que era un juego cuando le vi caer por un balazo, no entendí nada y paralizado lo vi sangrar. «Está muerto, nada quehacer», y luego yo caminar como un autómata hasta mi casa con lágrimas en los ojos y un susto imborrable.La ciudad me habla. Aquí fue mi primer beso, la novia por un día queme lo regaló para que supiera a qué saben los besos. El malecón y su mar,que me invitaba a cruzarlo.

–Algún día te atravesaré muchas veces –siendo niño le dije en secreto.

La catedral, lugar obligado todos los domingos de colegio, vestidode blanco, el hamberger de losImperiales y las risas de mis amigos cuando en latín y de espaldas elsacerdote pronunciaba en un idioma indescifrable el rito más importante de nuestra religión católica.

La ciudad me recuerda momentos vividos en el pasado, algunas esquinas recuperan historias, anécdotas, sufrimientos, angustias, gozos extremos. Han transcurrido los años y aunque Santo Domingo quiera disfrazarse, sé que es la misma pretendiendo ser otra e impresionar al nuevo siglo.

La ciudad colonial se ha remozado para bien, sus conversaciones conmigo siguen intactas. Perdí alcine Capitolio, a la antigua Casa de España, al tan bailado club de lajuventud, al tan querido casino de Güibia con su playa, que me parecía inmensa y donde llegar al trampolín se había convertido en un reto. Allí, en sus arenas, me enamoré dos veces, tres o quizás casi cuatro, rechazado todas. Aprendí que hayque ser tenaz, que los fracasos son los mejores maestros y que el mares el mejor confidente. Eso me lodijo mi ciudad, maestra de todos los tiempos.

Santo Domingo no me engaña,aunque se vista de rascacielos,se multipliquen sus habitantes,las voces de sus monumentos, casas, calles… mientras viva seránnostalgia y recuerdos… y eso no me lo arrebata nadie. Esta ciudad,que a veces llora, se irá conmigocuando regrese y estoy segurollevaré puesta mi mejor sonrisa.

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