SER PROFETA HOY

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Cuando el ministro ordenado administra el sacramento del bautismo, hay unas palabras que pronuncia en el momento de la unción con el santo crisma: «…que Dios te consagre con el crisma de la salvación para que entres a formar parte de su pueblo y seas para siempre miembro de Cristo sacerdote, profeta y rey». Esta es lo que se conoce como la triple dimensión del bautizado. Pero muchas personas, incluyendo muchos cristianos, tienen una idea errónea de lo que es el verdadero profeta, (estamos re riéndonos al profeta bíblico). El profeta bíblico no es la persona que adivina el futuro; no es una especie de chaman o brujo, etc. El verdadero profeta bíblico es, -en su de nición más sencilla y clásica-, el que denuncia la injusticia y anuncia, al mismo tiempo, la justicia.

El profeta bíblico es la persona elegida por Dios y no al revés; después es llamada por Dios para servirle; es la persona poseída por el Espíritu de Dios; no es él el que posee ni domina el Espíritu. De manera que hablará y actuará de acuerdo a lo que el Espíritu le inspire, en el momento que le inspire y en el lugar o circunstancia que le inspire. Es la persona que habla en nombre de Dios y no en nombre propio: «No serán ustedes los que hablen, es el Espíritu de mi Padre que hablará por ustedes», dijo Jesucristo; el profeta hablará palabra de Dios y por eso es que el mensaje que anuncia siempre incomoda. Pero hay una actitud normal ante esta elección de Dios, y es que se mani esta por lo común un rechazo a esta elección divina. El ejemplo más paradigmático que tenemos en las Sagradas Escrituras es el de Jonás que, al ser elegido por Dios para ir a profetizar a Nínive, -la gran ciudad-, se le escabulle y se esconde de Dios hasta que después de varios intentos no le queda de otra que acceder a lo que Dios le encomienda.

En el libro del profeta Jeremías 20,7-9, leemos que el profeta le dice a Dios: «me sedujiste Señor y me dejé seducir…» Si es cierto que es Dios el que elige y llama a la persona para este ministerio, también es cierto que Dios no coacciona la libertad de la persona; Dios tiene la forma o manera de cómo lograr convencer a la persona para que acceda a su petición; es como si Dios nos enamorara. Pero es que también la persona decide con su libertad dejarse seducir, porque la Palabra de Dios es como fuego ardiente que quema las entrañas, sigue diciendo el profeta.
El profeta de Dios, es la persona que molesta, fastidia, incomoda; pero también es incomprendida, perseguida, mofada, etc.; y como si todo esto fuera poco, su desenlace es por lo general la muerte. Tenemos tantos ejemplos en las Sagradas Escrituras y en la historia de la Iglesia, y el mismo Jesucristo no se libró de esta situación. Por eso es que la persona que ha sido elegida por Dios para este ministerio por lo general mani esta su rechazo a esta elección aún sabiendo que viene del mismo Dios. Hoy, más que nunca, necesitamos asumir esta dimensión de nuestro bautismo; ser verdaderos cristianos que, sin mirar hacia atrás, asumamos desde nuestra fe, este ministerio.

El profeta no es la persona que está puesta por Dios para asumir una actitud de pura y sólo criticadera; el profeta de Dios no es la persona criticona; no es la que habla sólo por hablar, sin razones, sin fundamentos ni argumentos: «Les daré palabras que ningún adversario suyo podrá rebatir», dijo Jesucristo. Hoy en día a nosotros se nos está prohibido o se nos quiere prohibir hacer crítica, denunciar sobre todo lo que está mal. Una de las características de nuestra sociedad dominicana es que es una sociedad criticona: todo lo critica pero pocas veces hace algún aporte importante para remediar o cambiar eso que critica; muchas veces es una crítica despiadada, vulgar, desconsiderada, con un lenguaje violento e incitando a la violencia, falta de respeto, sin fundamentos, y todo amparado en la libre expresión: «No hay dudas de que las redes sociales han permitido dar voz a una masa de personas que nunca la tuvo; y que buena parte de ella es ignorante, maleducada y hace del insulto, la mentira y la estupidez su forma de manifestarse. En cierto sentido es verdad que los idiotas han encontrado en las redes sociales su ambiente natural, y también que sus opiniones, cuando son repetidas por un número su ciente de personas, son in uyentes a pesar de su contenido absurdo» (Gloria Álvarez, Cómo hablar con un Progre, pp. 66-67); y san Pablo en su carta a los Colosenses 3, 1-11 nos dice «desháganse de la ira, coraje, maldad, calumnias y groserías, ¡Fuera de su boca!»

Los del bando contrario tienen cansado a uno con la desgastada y manipuladora frase «es que son unos retrogradas, medievales y conservadores»; frase esta que desde hace mucho tiempo nadie se las compra ni se las cree. El mundo de hoy está cada vez más descristianizado; Voltaire dijo: «dime a quién no puedes criticar, y te diré de quién eres esclavo». Y es que para muchos, el disentir es sinónimo de odio. Pero el profeta no debe de amedrentarse ni por qué ceder ante estas insinuaciones y pretensiones de los adversarios. El profeta, que es la persona que habla en nombre de Dios, jamás se sentirá ni estará desamparado de Dios; el mismo Dios lo ha dicho y prometido, y Jesús lo rati có: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo».

Dios es el que nos convoca para que seamos y hagamos de sus profetas en medio de las contrariedades y peligros que Él sabe a los que nos podemos enfrentar o encontrar en el camino. El mismo Jesucristo dijo que si nosotros dejamos de hablar en su nombre, entonces hablarán las piedras; y si esto llegara a suceder, pues podemos estar seguros de que algo grande en lo que respecta a nuestra fe y compromiso cristiano está fallando. Y es que el que no está con Cristo está contra Él; y el que no recoge con Él, desparrama.

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